En 1970, durante el gobierno de Rafael Caldera, vivimos un año en Madrid, porque mi padre, Juan Correa, estaba disfrutando de lo que se llamaba “año sabático” con toda su familia. Eran esos privilegios que antes podían darse los docentes universitarios. Mi hermano Miguel Ángel estudiaba 4º grado de primaria y yo, 5º de bachillerato. El menor de nosotros, para la época, Juan Pablo, tenía solo un añito y creo que muchos recuerdos de aquello, no debe tener.
Mi padre era exdirigente de Copei y un día recibió una llamada inesperada de su viejo amigo Arístides Calvani, entonces canciller de Venezuela: «¿Me acompañas a la Embajada?». Aunque Calvani sabía que mi padre ya no militaba, confiaba en su discreción. Fue la única vez que pisó esa sede: el embajador de turno (cuyo nombre olvidé) lo miró con sospecha, como si temiera que mi padre revelara secretos que ni siquiera conocía. Desde entonces, la colonia venezolana en Madrid nos ignoró.
En el año 75, para nuestra segunda estadía en esa, nuestra querida capital española, el presidente venezolano era Carlos Andrés Pérez. No sé por qué, a pesar de no ser adecos ni de tener nada que ver con la política, esta vez, nos hicimos muy amigos del embajador, el Dr. Santiago Ochoa Briceño. A casi todas las recepciones nos invitaban. Quizás nuestra amistad con el Dr. Ochoa se reforzaba porque una de sus hijas con su familia, vivía en nuestro edificio y sus nietos eran amiguitos de mis hermanitos Juan Pablo y Toby, que morían de las risas porque vivían en apartamento 8-A.
Recuerdo que recién muerto el Generalísimo Franco, la señora Carmen Polo viuda de Franco, se mudó a la planta baja del edificio donde vivía nuestro embajador. Era una construcción antigua pero muy lujosa, ubicada en el Barrio de Salamanca. Ahí vivía lo mejor de la ciudad. Un apartamento en cada piso. Parecían sacados de la revista “¡HOLA!”. También vivían allí, Carmen Franco y Polo de Martínez Bordiú, la hija de Franco y su esposo, es decir, los Marqueses de Villaverde.
Por Anamaría Correa
Una vez fuimos invitados a una cena en casa de los Ochoa y, como el edificio era viejo, en el ascensor no podían subir más de tres personas a la vez. Esperábamos por el mismo, nosotros, es decir, mi mamá, mi papá, mi hermana del camino, Hilda Fe Medina y yo. Perdón, esperaba alguien más, ¡el propio Marqués de Villaverde! Mi mamá, totalmente boba con la presencia del marqués, subió con él. Hilda Fé les hizo compañía. Por mucho tiempo contó mi madre, una y otra vez, que Martínez Bordiú les había dirigido la palabra. Parece que el marqués, muy amable, le preguntó a qué piso iban y mi madre contestó, casi sin pensar, “al cuarto por favor” y el marqués le respondió “no puede ser”. Mi mamá, con aire de ofendida, pero emocionada, le dijo que no entendía por qué no podía ser y el marqués de inmediato, muy amablemente, le aclaró que en el cuarto piso vivía él, completando la frase con un “de seguro vosotras vais al tercer piso, a casa del embajador de su país”.
En otra oportunidad, debe ser que llegamos hablando en voz alta, muy a lo venezolano y se asomó, como se puede asomar la Bruja del 71 del Chavo, cada vez que quiere ver a su amado Don Ramón, Doña Carmen Polo viuda de Franco, Señora del Paso de Meirás, o “La Vieja Franca”, como solían llamarla; nos miró, hicimos todos silencio absoluto y cerró su puerta. Tal vez no era para emocionarse, pero era la primera vez que veía a la esposa del Generalísimo Franco en persona y, para colmo, tan de cerca.
Allí departimos con políticos de relevancia y con artistas y personajes importantes para nuestro país. Recuerdo con mucho gusto a Yolanda Moreno y a su esposo, el poeta Rodríguez Blanco. En otra oportunidad, llegó a casa del embajador, el pintor Jesús Soto, quien resultó muy simpático y sencillo. Esa noche compartimos música, guitarra y canciones. Contó que antes de ser famoso, vivía en París de lo que recogía gracias a su guitarra y a cantar canciones venezolanas en las calles.
La muerte de Franco en 1975 trajo consigo una paradoja histórica: el dictador, en un último gesto calculado para su sucesión, decretó una amnistía póstuma que permitió el retorno de los exiliados políticos. Así, figuras como Dolores Ibárruri, “La Pasionaria”, voz legendaria de la resistencia republicana, y Santiago Carrillo, símbolo del comunismo español, regresaron a su patria. Mi madre, sin embargo, no celebró aquel perdón. Aunque respiraba la Guerra Civil a través de los relatos de los libros que leía del tema, y se consideraba de ideales socialistas, se declaraba anticomunista visceral. Para ella, aquellos nombres no eran héroes, sino fantasmas que volvían para reescribir la historia con tinta impune.
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Nos invitaron entonces a una gran fiesta que dio la Embajada de Venezuela en el Hotel Ritz de Madrid. Nuestra querida amiga Ligia Paredes, quien estaba por allá de visita, nos acompañó. Allí estaría toda la flor y nata de la ciudad. Nos pusimos nuestras mejores galas y fuimos a aquel baile de cuento de hadas. Había gente de todo tipo, artistas, políticos, toreros, nobles. De pronto, en un momento en que estamos todos juntos, se nos acerca Henry Véliz, el cónsul y nos advierte que nos va a presentar al político que estaba más de moda, Santiago Carrillo.
Mi mamá casi le gritó: ’No se te ocurra presentármelo, ese hombre es un asesino, mató muchísima gente en Paracuellos, si lo traes, te voy a hacer quedar mal”. Y mi papá la apoyó. De que era capaz de dejar al político con la mano extendida, creo que no teníamos duda. Recuerdo, porque yo asistí, que cuando se graduó en la Universidad Central de Venezuela, en el Presídium estaba Jóvito Villalba, a quien ella no podía ni ver. Desde antemano dijo que no le iba a estrechar la mano y lo hizo, dejando a Jóvito con la mano extendida.
Pero Henry no le creyó y nos trajo a Don Santiago, feliz y orgulloso de presentárnoslo.
Mi papá, con cierta diplomacia, mostró una de sus peores sonrisas y le dio la mano. Le siguió Ligia Paredes y llegó el hombre a mi mamá. ¡Y lo volvió a hacer! Lo dejó con la mano extendida diciendo: “Yo no le doy la mano al asesino de Paracuellos” e inmediatamente se volteó, dándole la espalda. El hombre siguió con la misma sonrisa, le extendió la mano a mi hermano Miguel Ángel y luego a mí. Ambos se la dimos como llenos de vergüenza por lo que había hecho mi mamá. Creo que esa noche mientras el Ritz brillaba con cristales y murmullos, mi madre, orgullosa venezolana que jamás pisó una trinchera, sintió que había vengado la muerte de los asesinados en Paracuellos, en la guerra civil española, guerra que conoció bien gracias a sus mejores aliados, los libros.
Por Anamaría Correa
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