Poco más de dos milenios hicieron falta para empezar a hacer caso a Aristóteles, de modo que su idea del poder moderado pasara de la teoría a intentarla en la vida real. Tensiones, conflictos y crisis, avances y retrocesos, el signo de la historia política de la humanidad ha sido el tránsito del poder personal al institucional, del absoluto al limitado, del concentrado al distribuido. Ese ha sido, políticamente, el proceso civilizatorio.
Sociables e imperfectos, los seres humanos tuvieron que inventar el poder para procurar el bien común, la razón que los reunía Después no tardarían en darse cuenta de la natural propensión del poder a desbordarse, y empezó la lucha interminable por ponerle diques y canales para devolverlo a su razón de existir, para hacerlo instrumento al servicio de todos y no amenaza.
La democracia, fue la respuesta al absolutismo. Primero fue Estado liberal de Derecho, después el Democrático y Social de Derecho que en la globalidad interdependiente busca convertirse en Democrático de los Derechos Humanos.
Por Ramón Guillermo Aveledo
En esta Venezuela de trayectoria accidentada logramos meternos en ese camino de la difícil construcción democrática, sin liberarnos completamente de los atavismos del pasado autoritario y con problemas propios de la vida libre, una confluencia de los dos nos empujó a la corriente exactamente inversa con desembocadura en esta regresión ya insoportable.
En el siglo XX la democracia fue impugnada por el fascismo y el marxismo. Derrotados uno y otro, en el XXI, la impugnan diversas formas de antipolítica: fundamentalismos, populismos y nuevos autoritarismos.
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Para que la democracia que reconoce las diferencias existentes en la sociedad y asume el reto de procesarlas exitosamente sea posible, hace falta la política como reconocimiento de que no somos una sola tribu, religión, interés o tradición.
El poder está limitado. En el tiempo, por eso la alternabilidad y en las competencias, por eso la separación de poderes. El gobierno gobierna, el parlamento representa, legisla y controla y la judicatura resuelve los conflictos entre las personas, entre el poder y éstas y entre los diversos órganos del poder, otras gestiones como el control fiscal, la defensa de los derechos humanos, la administración electoral, requieren autonomía para la salud del sistema todo.
Tarea de la política es crear un entramado institucional para que todo eso funcione en beneficio de todos. Por eso la política no puede ser de un grupo, excluyendo a todos los demás, porque no es administración de cuotas entre los que mandan, sino trabajo constante para servir a todos y garantizar libertad, justicia y oportunidades para todos. Es la “buena política” de Frateli Tutti que traduce Todos Hermanos.
Creer que la política se reduce contentar a los míos y e ignorar a todos los demás es el error que nos ha traído hasta aquí y que ahora tenemos el deber y la oportunidad de enmendar.
Por Ramón Guillermo Aveledo
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