A tres meses de los sismos del 24 de junio de 2026, que dejaron 6.509 fallecidos según el balance oficial del presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, y más de 25.000 viviendas afectadas, el país enfrenta dos realidades paralelas: las cifras gubernamentales que buscan cerrar el capítulo de la tragedia y los registros ciudadanos que hablan de miles de desaparecidos sin respuesta oficial.
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Entre la reconstrucción anunciada y la vida en refugios temporales, entre la vigilia «Haz de Luz» del 2 de octubre en Caraballeda y la visita del alto comisionado de ACNUR, Barham Salih, el 2 y 3 de octubre en Caracas y La Guaira, dos relatos divergentes dibujan el país que emergió de los escombros.
Cifras que no cierran
El 24 de agosto, el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, ofreció el último balance oficial del Ejecutivo: 6.509 fallecidos, 25.240 viviendas con daños y 6.462 personas rescatadas de entre los escombros, según cifras citadas por ACNUR.
Pero mientras el Gobierno cifra la tragedia en números cerrados y mantiene silencio sobre los desaparecidos desde hace más de 36 días, organizaciones ciudadanas como ‘Desaparecidos Terremoto Venezuela’ mantienen un registro paralelo que habla de miles de personas sin respuesta oficial, una cifra que no aparece en los reportes del Ejecutivo y que refleja la desconfianza de las familias que aún buscan a sus seres queridos entre los escombros.
El gobierno venezolano no ha publicado cifras oficiales de desaparecidos desde el 4 de agosto, cuando reportaron 1.579 personas solo en La Guaira.
La brecha entre ambos relatos no es solo numérica: es el síntoma de un país que intenta cerrar el capítulo del desastre mientras miles de ciudadanos siguen viviendo en la incertidumbre.
¿Playas abiertas o dolor perenne?
En la Guaira hay dos realidades, las personas que buscan entre los escombros a sus familiares y los que necesitan trabajar, y aunque ya algunos establecimientos empezaron a abrir sus puertas, los prestadores de servicios siguen esperando la apertura de las playas.
Así lo planteó Luis Millán pescador guaireño quien pide que se abran las playas para poder reactivar la economía del litoral. A este planteamiento se le suma el de Jonny Requena, prestador de servicio de Playa Grande, quien también pide la apertura de las playas para poder trabajar.
Sin embargo, hay vecinos de La Guaira que consideran inapropiado y una falta de respeto abrir las playas cuando hay personas buscando cadáveres.
Tal como lo refirió una refugiada de la Opp27, entrevistada por el periodista Rodoldo Ruiz, quien aseguró que cerca de la carpa donde ella vive hay un edificio colapsado donde buscan a 37 personas desaparecidas.
A este testimonio se le suma el de Jesús Rodríguez, también entrevistado por Ruiz, quien narró lo incómodo que sería para los lugareños ver las playas abiertas cuando hay tanto dolor en los sobrevivientes, quienes no solo perdieron sus viviendas, sino también a sus familiares y seres queridos.
Historias que se cuentan en La Guaira
Muchos son los relatos que se cuentan en las calles de La Guaira, historias de dolor, pérdida y supervivencia que se repiten en cada refugio temporal, en cada carpa, en cada esquina donde las familias intentan reconstruir lo que los sismos destruyeron.
En Mare Abajo, Ashley Mayora (43 años) vive actualmente en una carpa después de que el complejo donde residía colapsara parcialmente tras los sismos. «Fue un desastre natural, pero acabó con todo: mi corazón, mi mente y mi alma», contó a El Nacional, en un reportaje sobre la crisis de salud mental que enfrenta la región a 100 días de la tragedia.
Ashley relató que tuvo que separarse de su hija y de su nieto recién nacido porque en la carpa solo cabía ella. El 29 de julio sufrió un preinfarto que la dejó al borde de la muerte: «La tristeza de no estar con mi nieto me desmoralizó completamente. Yo estoy viva solo por ellos», dijo al medio venezolano.
Una historia similar la vivió Rosmari Colmenares, vocera comunitaria de Playa Grande, quien reseñada por El Nacional y ABC España, narró que hasta el sol de hoy no sabe nada de su hermano ni de su hijo con síndrome de Down. «El edificio donde vivían cayó y solo encontramos el cuerpo de mi sobrina. Tantos años de constancia para construir una casa y en segundos se destruye todo», dijo entre lágrimas.
A pesar del duelo, Rosmari trata de mantenerse útil en el refugio temporal donde reside, ayudando a mujeres lactantes y embarazadas que también perdieron todo. Su caso no es único: cientos de familias en La Guaira siguen sin respuestas sobre el paradero de sus seres queridos, atrapadas entre la esperanza y la resignación.
La desorientación urbana agrava la angustia de los sobrevivientes. Elvira, una mujer de 76 años rescatada de los escombros en los primeros minutos del sismo, contó a El Nacional que a veces se pierde en la calle porque ya no reconoce el lugar: «La farmacia ya no existe, el banco tampoco existe». Las referencias visuales de toda una vida desaparecieron con los edificios derrumbados.
Bajo los escombros: Dos días entre la vida y la muerte

Una de las historias más estremecedoras es la de Nayarit Colmenares (39 años), arquitecta e ilustradora de Caraballeda, quien pasó dos días bajo los escombros junto al cuerpo sin vida de su esposo, Henry. En un reportaje publicado por Infobae, Nayarit relató el momento más oscuro de su vida: «Traté de imaginarme la luz y el cielo, como buscando irme. Irme sin dolor».
Nayarit perdió su mano derecha por aplastamiento y actualmente hace terapia psicológica y física para aprender a dibujar con la izquierda. «Haber perdido a mi esposo me duele más que haber perdido la mano derecha», dijo al medio argentino.
Sus suegros trabajaron 19 días para recuperar el cuerpo de Henry de entre los escombros del edificio Palmar Este 1. De su hogar con vista al mar, Nayarit perdió toda su ropa, muebles y recuerdos. Solo pudo recuperar el teléfono de su esposo.
Los rescatistas: Héroes que también lloran
Mientras las familias buscan entre los escombros, los voluntarios guaireños y rescatistas de Protección Civil trabajan sin descanso, enfrentando no solo el agotamiento físico sino también el impacto psicológico de lo que ven día tras día.
Wilmer Mata, un rescatista que llegó a las Opp de Tanaguarenas a la semana del doblete sísmico y que permanece allí, tres meses después, comentó la impotencia que sintió al no poder rescatar con vida a los niños que estaban en una fiesta.
Mata recuperó 21 cuerpos de niños. «Es una impotencia tremenda porque no pude sacar a uno con vida, todos los que saqué estaban muertos», comentó al tiempo que añadió que «no tenemos la ayuda adecuada».
Un caso similar lo vivió, Israel Lanza (36 años), rescatista de Protección Civil, estuvo 15 días continuos sin pisar su casa, trabajando en el epicentro del desastre.
En el reportaje de El Nacional y ABC España sobre la crisis de salud mental, Israel confesó que su esperanza era encontrar vida, pero lo que encontró fueron cuerpos: «Le cuento lo que más me marcó: encontramos el cuerpo de un perro, y lo tenían abrazado una señora y su hijo. Sus brazos estaban alrededor de él, y todos fallecieron. Hasta la persona más valiente llora ante esto».
El impacto psicológico lo llevó al límite: «Llegó un momento en que mi propio nombre se me olvidaba. No reconocía cuando me llamaban», relató.
Elvis Díaz (28 años), también rescatista de Protección Civil, debió hacer una pausa tras pasar 12 días sin noticias de sus familiares que viven en La Guaira. «El día seis recuerdo que me sentía agotado completamente. Tuve que parar. Pensaba en renunciar, le confieso que solo me decía a mí mismo que ya no podía más», contó a El Nacional.
«Cuando me bañaba lloraba. Todo se me acumuló. Ya no sabía ni qué cargaba. Lo hacía en privado para que nadie me viera, para no incomodar a mis compañeros, porque todos estamos pasando por lo mismo».
La vigilia que iluminó la memoria
El 2 de octubre, decenas de venezolanos se reunieron en Caraballeda para la vigilia «Haz de Luz», un homenaje colectivo organizado por la ONG Venezuela Te Ayuda Foundation y el colectivo Haz de Luz.
Bajo el cielo nocturno, un haz de luz creado con faros atravesó la oscuridad mientras las calles se convertían en un mar de velas encendidas, música y oraciones. Las imágenes desde las alturas mostraron la magnitud del encuentro: comunidades, organizaciones y ciudadanos unidos en solidaridad y apoyo a las familias afectadas.
Pero detrás del simbolismo hay una demanda que no se apaga: verdad, justicia y asistencia real para quienes perdieron todo.
Reconstrucción lenta, vidas en pausa
Aunque el Gobierno ha entregado viviendas rehabilitadas y asignado financiamiento para condominios, la realidad en el terreno es otra. Familias enteras continúan viviendo en refugios temporales, bajo toldos y en casas con daños estructurales que las hacen inhabitables.
La llegada del alto comisionado de ACNUR, Barham Salih, el 2 de octubre, puso sobre la mesa la dimensión humanitaria de la crisis. Durante su permanencia en el territorio venezolano, el máximo representante de la agencia de la ONU revisó la agenda de asistencia post-terremotos y se reunió con la presidenta Delcy Rodríguez para definir una hoja de ruta de cooperación.
Sin embargo, para muchas familias de La Guaira, la ayuda internacional llega tarde o no llega. La electricidad sigue siendo intermitente, el agua escasea y el miedo a las réplicas no desaparece con el amanecer.
El país que emerge (o no) de los escombros
Los terremotos del 24 de junio dejaron al descubierto no solo la vulnerabilidad sísmica del litoral venezolano, sino también las fracturas de un país que intenta levantarse mientras carga con el peso de una crisis histórica.
La reconstrucción de La Guaira es, en ese sentido, un microcosmos de Venezuela: por un lado, los anuncios oficiales, los actos protocolares y las cifras que buscan transmitir control; por el otro, las familias que duermen con el oído puesto en cualquier temblor, las comunidades que se organizan solas y las organizaciones que llenan los vacíos que el Estado no cubre.
La pregunta que queda abierta es simple, pero incómoda: ¿cuánto tiempo tardará Venezuela en levantarse realmente?
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