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Migrantes venezolanos intentan sobrevivir en Nueva York

El NYT relata la historia de Azuna, un migrante venezolano que llegó a Manhattan luego de cruzar la frontera con México y la selva del Darién. La conmovedora historia cuenta la difícil situación por la que pasan los migrantes para lograr conseguir una plaza de trabajo, enfrentados a las demoras burocráticas.

Su primera parada fue El Barrista, una cafetería de aspecto moderno con un letrero que decía: “Se cancela el día de hoy”. Un minuto después salió, negando con la cabeza. “No hablaban español y yo no hablo inglés”, contó.

En la siguiente cuadra, se cruzó con un hombre que llevaba un casco de seguridad y transportaba material de construcción en una carretilla. “¡Disculpe, caballero!”, le gritó en español. Azuna le explicó que había llegado hace poco de Venezuela y estaba buscando empleo. El trabajador, José Santos, asintió con empatía y luego negó con la cabeza.

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“Soy boricua, nací y crecí aquí, e incluso para mí a veces es difícil conseguir empleo”, afirmó. “Cualquier cosa que sepa, te la haré saber”. Azuna suspiró y volvió a acomodarse la gorra.

Desde que llegó a la ciudad de Nueva York hace poco menos de dos semanas, Azuna, de 38 años, ha estado recorriendo Manhattan a pie, tocando las puertas de decenas de negocios como si fuera un encuestador, pidiendo trabajo, cualquier tipo de trabajo. Azuna, quien era locutor de radio en su país, se despierta a las 6 a. m. todos los días y toma el autobús a Manhattan desde la isla Randall, donde se ha estado hospedando en un refugio para hombres en situación de calle.

Azuna es uno de los más de 22.000 migrantes que han llegado a la ciudad de Nueva York desde abril, muchos de ellos venezolanos que huyen del caos económico y político de su país natal. El mes pasado, el alcalde de Nueva York, Eric Adams, declaró un estado de emergencia cuando los refugios de la ciudad comenzaron a saturarse ante la afluencia de inmigrantes. La ciudad montó una zona de carpas cerca del refugio en el que Azuna se está hospedando en la isla Randall, para poder brindarle alojamiento a todos.

Azuna era locutor de radio en Venezuela. En la ciudad de Nueva York, le dice a los posibles empleadores que está dispuesto a aceptar cualquier trabajo. 

La mayoría quiere trabajar. Pero podrían pasar meses antes de que los recién llegados cumplan los requisitos para poder hacerlo de manera legal, bajo una disposición que permite a los inmigrantes trabajar seis meses después de presentar la solicitud de asilo. El proceso se prolongará para muchos y es poco probable que la oportunidad sea permanente. Los tribunales ya estaban abrumados debido a la acumulación de solicitudes de asilo pendientes: Azuna tiene su primera cita con los funcionarios de inmigración en julio de 2025. Y para la mayoría de los migrantes, el estatus de asilo es una posibilidad remota: escapar de las dificultades económicas no es motivo para solicitar asilo.

Si bien hay empleos disponibles en la ciudad, muchos de ellos requieren de un permiso de trabajo. Es por eso que, con pocos recursos financieros y escasas posibilidades de que se le otorgue asilo, Azuna y miles como él probablemente terminarán en la economía clandestina, junto al más de medio millón de trabajadores indocumentados que ya viven en la ciudad de Nueva York.

Azuna hizo su tercer intento de la mañana en Sandy Restaurant, un restaurante dominicano, donde le dijo a una mujer que estaba detrás del mostrador que estaba dispuesto a hacer “lo que sea”: lavar platos, cocinar, incluso conducir un camión de cemento. La mujer negó con la cabeza. “Estamos llenos. Completamente llenos”, afirmó.

Leon Ramirez, propietario de Sandy Restaurant, afirmó que “cientos” de migrantes de América Latina han tocado a su puerta y que nunca había visto tantos. Dijo que ve a más de 10 venezolanos al día, y chicos jóvenes, de 16 años, que “mueren por conseguir un trabajo”. Y añadió que su personal está completo y que el costo es demasiado alto.

Para Azuna, llegar a Manhattan fue la culminación de semanas de peligrosas excursiones por Centroamérica, incluidos los densos bosques pantanosos del Tapón del Darién en Panamá. Azuna contó haber visto cadáveres y niños abandonados por padres que habían muerto por agotamiento o heridas.

Como muchos otros, Azuna trajo pocas cosas consigo y se despojó de otras posesiones en el camino. Lo único que le queda es una carpeta de plástico que lleva consigo en todo momento, la cual contiene su pasaporte, 50 pesos mexicanos (menos de 3 dólares), algunos medicamentos para tratar las úlceras y la indigestión, un librito con versículos del Nuevo Testamento y los Salmos, y una foto de su esposa y sus dos hijas, una de las cuales nació hace apenas cinco meses

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