El conjunto de la nación anhela un futuro de paz. Y hay quienes buscan impedirlo, porque la violencia, la represión, la intimidación y la impunidad, son el ambiente necesario para ejercer su poder despótico.
Se aprecia, entonces, cómo un poder cupular alcanza a controlar a un país, a imponer su afán de dominio, y a sustituir la soberanía popular, por la obsesión del continuismo.
Por Fernando Egaña
En una realidad así, ¿es posible un futuro de paz? Es difícil pero es posible. No me refiero a la paz «estática» de la resignación colectiva. No. Me refiero a la paz «dinámica» de la justicia, la convivencia democrática, el desarrollo económico.
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Esa paz verdadera requiere que la hegemonía imperante sea superada por los caminos de la Constitución, y que sus responsables encaren la acción de la justicia independiente.
La venganza no conduce a la paz sino que siembra o produce más violencia. La justicia si lleva a la paz, entre otros motivos, porque demuestra que el mal no prevalece ante el bien, el derecho, y la voluntad de cambio.
Por Fernando Egaña
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