Venezuela enfrenta por quinto año consecutivo una emergencia por lluvias, poniendo en foco tanto la crisis climática global como la crítica necesidad de planificación local. Las recientes crecidas de ríos y quebradas en el páramo andino y los llanos occidentales durante la segunda mitad de junio han encendido las alarmas, revelando vulnerabilidades que van más allá del clima.
¿Qué sucedió en los Andes y en los Llanos Occidentales?
En el páramo andino, se experimentó un «alud torrencial de lodo« debido al desborde de los ríos Motatán, Santo Domingo y Chama. Este fenómeno implica un flujo denso y peligroso de agua, sedimentos, rocas y escombros. Aunque el páramo suele ser una zona con déficit de lluvias, no está exenta de eventos extremos. El día del incidente, Apartaderos registró 14 milímetros de lluvia en menos de cinco horas, lo que representa el 10% del promedio mensual de precipitaciones para junio (140 mm). Los centros de baja presión atmosférica, que generan lluvias prolongadas, se concentraron en las cabeceras de las tres cuencas andinas.
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Por su parte, en los llanos occidentales, los suelos ya estaban saturados aguas arriba. Las mismas lluvias que afectaron el páramo activaron pequeñas quebradas en el piedemonte de Barinas y Portuguesa. Esto provocó el desborde de afluentes principales como el río Ospino, resultando en daños a la infraestructura y, lamentablemente, una víctima mortal.

Eventos similares: Un patrón alarmante en los últimos cinco años
Venezuela ha sido testigo de desbordamientos de ríos de forma ininterrumpida durante el último lustro:
- Septiembre de 2021: Una tragedia se repitió en Tovar, estado Mérida, evocando el desastre de 2005.
- Octubre de 2022: La quebrada Los Patos, afluente del río Tuy, causó la tragedia ambiental más devastadora de Venezuela en los últimos 15 años en Las Tejerías, estado Aragua.
- Mayo de 2023: Diversas quebradas crecieron en el estado Trujillo, afectando principalmente a Monte Carmelo, con pérdidas en infraestructura y cultivos.
- Julio de 2024: El río Manzanares se desbordó en Cumanacoa, estado Sucre, dejando pérdidas productivas, estructurales y humanas.
Todos estos incidentes ocurrieron durante el período lluvioso de Venezuela, que va de mayo a octubre.

¿Es el cambio climático el único culpable?
Si bien las crecidas de estos ríos están relacionadas con los cambios climáticos a escala planetaria (alteraciones en temperaturas, vientos y corrientes oceánicas), el contexto local juega un papel preponderante. La comparación con eventos pasados es clave:
- Páramo Andino (1993 vs. Actualidad): A finales de junio de 1993, los ríos Chama, Motatán y Santo Domingo crecieron de forma casi idéntica a este año. Sin embargo, el daño fue menor entonces. La razón: menos vulnerabilidad. Había menos territorio ocupado, y tanto la infraestructura como las unidades de cultivo eran menos extensas e invasivas.
- Cumanacoa (2012 vs. 2024): En ambas ocasiones, las lluvias que desbordaron el río Manzanares se ajustaron a los promedios históricos. Pero en 2012 se inundaron 1.200 viviendas, mientras que en 2024 el número ascendió a 6.000.
Esto sugiere que, si las lluvias son similares, la emergencia actual se agrava por una ocupación más agresiva y descontrolada de las zonas naturales de crecida de los ríos.

Las zonas de mayor riesgo: Los «abanicos aluviales»
La mayoría de los centros poblados en la región costero-montañosa de Venezuela, la zona más densamente ocupada, se asientan sobre «abanicos aluviales». Lugares como Tovar, Las Tejerías, Monte Carmelo, Cumanacoa y gran parte del páramo andino están ubicados en estas formaciones.
Los abanicos aluviales son terrenos relativamente planos «al pie» de las montañas, ideales para la agricultura debido a los nutrientes depositados por los ríos y fáciles de construir. Sin embargo, como el geomorfólogo Carlos Ferrer Oropeza los describe, son «sitios peligrosamente seguros». Cuando un río se desborda, el abanico aluvial se convierte en el lugar más peligroso, pues es allí donde la crecida se expande, arrastrando todo a su paso. Es el aliviadero natural de cualquier movimiento de masas.
La solución: Planificación ambiental y ordenación del territorio
No existe una solución única. Las respuestas deben ser específicas para cada contexto, e involucran la voluntad institucional y la acción comunitaria. Si bien es difícil evitar la ocupación de abanicos aluviales dadas sus ventajas, es crucial comprender las amenazas y contrarrestar las vulnerabilidades.
El caso de Las Tejerías en 2022 es un claro ejemplo: las lluvias extraordinarias fueron el detonante, pero la devastación se debió a factores acumulados durante años, como la deforestación en las cabeceras de las cuencas, la construcción en zonas de alto riesgo, la ausencia de obras de control hidráulico (torrenteras y aliviaderos), y la falta de mantenimiento de las existentes. Una situación similar se ha observado en los otros cinco casos del último lustro.
La respuesta no puede limitarse a la gestión de desastres post-evento. Es imperativo que Venezuela haga escuela en dos frentes que van de la mano: la planificación ambiental y la ordenación del territorio, reseño La Hora Venezuela.
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