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Del ciclo bolivariano a la ola conservadora: El nuevo mapa político de América Latina

América Latina atraviesa una intensa ola derechista que ha desplazado el péndulo político al extremo opuesto del mapa ideológico. Atrás quedó el ciclo bolivariano de inicios de siglo impulsado por Hugo Chávez, Evo Morales, Rafael Correa, Néstor y Cristina Kirchner, o acompañantes más moderados como Luiz Inácio Lula da Silva. Hoy, la escena regional la protagonizan figuras como Javier Milei, José Antonio Kast, Abelardo de la Espriella, Nayib Bukele o Keiko Fujimori, a los que pronto podría sumarse Flávio Bolsonaro.

La región ya había experimentado un viraje conservador parcial tras el declive del chavismo, marcado por las victorias de Mauricio Macri en Argentina, Iván Duque en Colombia, Sebastián Piñera en Chile y Jair Bolsonaro en Brasil. Sin embargo, a ese ciclo le siguió una breve contraofensiva de izquierda con la llegada al poder de Alberto Fernández, Gustavo Petro, Gabriel Boric y el retorno de Lula. Salvo excepciones como Bolsonaro o Petro, gran parte de estos mandatos respondieron a líneas moderadas.

En la actualidad, Iberoamérica parece adentrarse en una etapa marcadamente conservadora que busca ser tan decisiva y duradera como la hegemonía izquierdista de los años 2000-2015.

Un cambio de época y de prioridades

Desde el retorno a la democracia en los años noventa tras las dictaduras militares, la política latinoamericana ha transitado por diversos vaivenes:

  • La «Marea Rosa» (1999–2015): Inaugurada con la llegada de Hugo Chávez en Venezuela, impulsó el llamado Socialismo del Siglo XXI, una corriente a la izquierda de la socialdemocracia tradicional.
  • La nueva derecha populista: Asistimos a un auge de gobiernos ubicados a la derecha de los partidos conservadores tradicionales. Aunque a menudo se les etiqueta de «extrema derecha», clasificarlos así sin haber aplicado el término «extrema izquierda» a sus antecesores resulta contradictorio. En la práctica, ambas corrientes comparten un acentuado componente populista.

Como explicó Brian Winter, director de Americas Quarterly, en la revista Foreign Affairs: «El verdadero fervor en la Latinoamérica de hoy, con líderes determinados a transformar no solo sus países sino la región misma, resulta evidente ante todo en la derecha ideológica».

Según Winter, la región está lista para una transformación generacional inédita en materia de crimen organizado, economía y alianzas estratégicas con potencias como Estados Unidos y China.

En la misma línea, Michael Reid, histórico corresponsal de The Economist, señaló en The New York Times: «América Latina está girando hacia la derecha. Esta vez, podría consolidarse». Reid recordaba que el fin de la bonanza de las materias primas (2014) y el impacto del COVID-19 provocaron respuestas electorales de castigo: entre 2018 y 2023, el voto de protesta contra el gobierno de turno se impuso en 20 de las 23 elecciones celebradas en la región.

Inseguridad, migración y desgaste institucional

A diferencia del voto de protesta coyuntural, los comicios recientes sugieren una dirección ideológica más firme. La derecha se ve favorecida por la evolución de las mayores preocupaciones ciudadanas:

  • De la economía a la seguridad ciudadana: A principios de siglo, la alta demanda china de materias primas generó importantes ingresos estatales, centrando el debate en el gasto social y la corrupción. Tras la pandemia, las prioridades viraron hacia lo esencial: empleo estable, alimentación y, de forma prioritaria, la seguridad.
  • El auge del crimen organizado: América Latina alberga al 8% de la población mundial, pero concentra cerca del 30% de los homicidios globales. La producción de cocaína en Colombia, Perú y Bolivia se ha triplicado en la última década; esta ya no se destina únicamente a EE. UU. (27%) o Europa (24%), sino que abarca un 20% del consumo interno regional. Esto ha consolidado a redes criminales involucradas en narcotráfico, extorsión, minería ilegal y tráfico de personas.
  • Crisis migratoria y rechazo social: La percepción de inseguridad se vincula al éxodo de casi ocho millones de venezolanos desde 2014. Sumado a las tensiones migratorias históricas (como la de haitianos en República Dominicana o nicaragüenses en Costa Rica), el fenómeno intrarregional ha encendido brotes de xenofobia.
  • Desgaste de la izquierda y desvanecimiento de la memoria histórica: El colapso socioeconómico y el sesgo autoritario de países como Cuba, Venezuela y Nicaragua han desacreditado a la izquierda tradicional. Paralelamente, el distanciamiento temporal respecto a las dictaduras militares de los años 60 y 70 permite la consolidación de líderes que matizan o evitan condenar aquellos regímenes (como Bolsonaro, Kast o Fujimori).
  • El factor Trump: El contexto global de polarización e influencia exterior sitúa a Donald Trump como una referencia clave. Su respaldo explícito ha decantado elecciones, y la cercanía a la Casa Blanca o a Mar-a-Lago representa un poderoso atractivo para los mandatarios de la zona.

¿Hacia una nueva etapa de estabilidad?

El futuro de esta corriente dependerá de la capacidad de los nuevos gobiernos para ser eficientes y resolver las demandas cotidianas de la ciudadanía. De acuerdo con datos del Latinobarómetro, un 52% de la población en 2026 coincide con la afirmación de que «no importaría que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas».

Si esta tendencia se consolida, las repercusiones regionales serán significativas:

  1. Integración comercial y soberanismo: Mientras el ciclo bolivariano frenó la integración de libre comercio continental propuesta en los noventa, la nueva ola conservadora busca fomentar la inversión extranjera —crucial para la explotación de minerales estratégicos, tierras raras e hidrocarburos—. Sin embargo, el proteccionismo y el soberanismo de lado y lado dificultan pactos comerciales ambiciosos.
  2. Geopolítica y pragmatismo: Aunque iniciativas como el Escudo de las Américas fortalecen la cooperación en seguridad con Estados Unidos, el pragmatismo económico impide un distanciamiento radical de China, socio comercial clave para la región.
  3. Coordinación regional: Cabe esperar mayor sintonía política y agenda compartida en foros multilaterales (como la Celac), aunque esta vez articulada en colaboración, y no de espaldas, a Washington.

Con información ABC de España

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