El mundo asiste hoy a la más impresionante estampida de empresas japonesas asentadas en China. Entre 2024 y 2026 más de 4.000 firmas japonesas han tomado las de Villadiego y han ido a dar con sus bártulos a otros destinos.
En junio de este año se alcanzó a registrar la más baja cifra de empresas japonesas con operaciones en China Continental desde 2010: solo quedaban 10.118 compañías. De cerca de 16.000 firmas operando en China en 2024, al año siguiente solo 12.800 mantenían operaciones y para hace cuatro meses el universo que subsistía apenas sobrepasaba las 11.000. Se trata de un descalabro mayor que no se explica solo por el hecho de que las relaciones diplomáticas entre los dos países se han deteriorado sensiblemente.
Por Beatriz De Majo
Sin embargo, dentro del empresariado del país nipón no se califica esta retirada como un descalabro terminal, sino como un esfuerzo de restructuración. Incluso para quienes han suspendido operaciones, tampoco ello es considerado un desacoplamiento definitivo. El éxodo comenzó a partir del momento en que la competencia con las firmas manufactureras nacionales chinas se tornó difícil de superar, al estar ellas, igualmente, esforzándose por sobrevivir en un mercado en contracción. Las presiones de las tarifas norteamericanas han contado por mucho igualmente. El caso es que 60% de las empresas presentes con operaciones manufactureras en suelo chino reportaron en estos dos últimos años un serio impacto en sus utilidades. Pero la tendencia más relevante importante no es necesariamente una retirada masiva, sino la diversificación de las inversiones para depender menos de China.
El ambiente de tensiones políticas y diplomáticas entre los dos países sí ha contribuido al desestimulo en las inversiones japonesas en China. Las tensiones en torno a la situación de Taiwán han estado provocando reacciones que tienden también a ahuyentar a los capitales. Las decisiones de inversión han pasado a depender no solo de los costes y la demanda, sino también de las restricciones comerciales y del riesgo de represalias.
En este punto es necesario aclarar, sin embargo, que no estamos frente a un descalabro total de las relaciones económicas mutuas. Lejos de allí. JETRO muestra, a través de los datos que recaba, que la mayoría de las empresas japonesas consultadas en China todavía pretende mantener sus operaciones. Pero hay un matiz fundamental: las empresas japonesas no están trasladando automáticamente toda su producción fuera de China. La estrategia más habitual es separar parcialmente las operaciones destinadas al mercado chino de las destinadas al resto del mundo.
Japón parece combinar tres objetivos: costos competitivos, acceso a nuevos consumidores y menor exposición a las tensiones entre Estados Unidos y China. Claro, otras locaciones comienzan a lucir atractivas para los inversionistas: India, Vietnam y Tailandia además de otros países del sudeste de Asia.
Este creciente éxodo de empresas japonesas es más que un movimiento empresarial: refleja una transformación de las relaciones económicas entre las dos mayores potencias industriales de Asia. Está modificando las cadenas de suministro, la geografía de las inversiones y el equilibrio económico regional.
Lo que ello nos llevaría a concluir es que se estaría gestando una nueva división del trabajo en Asia. China mantendría la primacía de producción para su enorme mercado interno, proveedores nacionales, industrias tecnológicas propias y exportaciones en las que conserva ventajas competitivas. Japón tendría, a su vez, una voz cantante en investigación, automatización, maquinaria avanzada y coordinación de cadenas de suministro diversificadas. India. El Sudeste Asiático, por su lado, tendría un relevante puesto en fabricación adicional para sus mercados, captación de inversión extranjera y exportaciones hacia otros mercados.
Por Beatriz De Majo
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