Venezuela atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia contemporánea. Después de casi tres décadas de dificultades, divisiones y sacrificios, tenemos la responsabilidad de aprender de nuestros errores y comprender que el futuro de nuestra nación no puede construirse únicamente desde la crítica, la descalificación o la indiferencia.
Recordemos las elecciones presidenciales de 1998: Hugo Chávez obtuvo 3,67 millones de votos, Henrique Salas Römer 2,61 millones y aproximadamente 4 millones de venezolanos se abstuvieron de participar. Aquella elección nos dejó una lección que no debemos olvidar: la indiferencia política también tiene consecuencias, y las decisiones que dejamos en manos de otros pueden marcar el destino de generaciones enteras.
Por Alfonso Caro
Hoy debemos entender que criticar es un derecho, pero proponer es una responsabilidad. No basta con afirmar que todos los dirigentes son iguales ni con desacreditar a quienes han asumido el desafío de buscar una salida democrática. Quien cuestiona una ruta también debería tener la disposición de presentar una alternativa viable.
María Corina Machado ha desempeñado un papel importante en la articulación de la oposición venezolana y en la visibilidad internacional de nuestra causa democrática. Reconocer ese liderazgo no significa rendir culto a una persona ni renunciar al pensamiento crítico. Venezuela está por encima de cualquier dirigente, partido o interés particular.
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Debemos comprender, además, que los procesos de transformación política requieren estrategia, perseverancia, prudencia y paciencia. La impaciencia no debe convertirse en desesperanza, ni las diferencias de opinión en nuevas divisiones. La ruta democrática merece acompañamiento ciudadano, vigilancia responsable y la capacidad de corregir cuando sea necesario.
No podemos exigir resultados inmediatos mientras ignoramos la complejidad de una lucha que ha costado tanto a millones de venezolanos.
Es momento de dejar de ser espectadores de nuestra historia y convertirnos en protagonistas de nuestro futuro.
Que nuestras diferencias sirvan para construir mejores propuestas, no para destruir los esfuerzos colectivos. Que la experiencia nos enseñe a participar y que la esperanza nunca nos haga perder la razón.
Porque nuestra verdadera lealtad no debe ser hacia un nombre, sino hacia una nación.
Venezuela no necesita salvadores. Necesita ciudadanos comprometidos, instituciones libres y una democracia que jamás vuelva a depender de la voluntad de un solo hombre.
¡Que viva Venezuela, libre, democrática, soberana y unida!
Por Alfonso Caro
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